El drama de las hijas de la violencia de género

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Sólo en 2014, 350 chicos quedaron sin su mamá por ataques femicidas. Aquí, las hijas de tres mujeres asesinadas cuentan cómo han afrontado esta tragedia.

  • Alba Piotto

    Alba Piotto

  • Revista VivaViolencia De Género Clarin- Revista Viva 25/10/15 – Por Alba Piotto fotos Ruben Digilio y Ariel Grimberg

 
"No queremos que nos pase lo mismo", dicen Araceli, Adriana, Camila y Mariana, las hijas de la victima de una femicidio en Santos Tomé, Corrientes. foto: Ruben Digilio

«No queremos que nos pase lo mismo», dicen Araceli, Adriana, Camila y Mariana, las hijas de la victima de una femicidio en Santos Tomé, Corrientes. foto: Ruben Digilio

La humedad hizo visibles esas manchas en la pared de la cocina. Tienen forma de llamaradas consumidas; las marcas de una noche que no debió haber existido. Mariana, la segunda de las cuatro hermanas, golpea la carne de las milanesas frente a ellas. Las otras terminan de limpiar la casa antes de ir al colegio. Es imposible esquivar la ausencia de Adriana Inés Dos Santos, la mamá de las chicas. “Sólo esta pieza no se quemó”, señala Adriana, la mayor, en la salita de la entrada. Un ambiente pequeño, con un sillón y el mueble donde el televisor quedó encendido en un programa de bloopers sin volumen. Hace un año que la mujer fue asesinada por su marido, el padre de sus cuatro hijas. Se puede juzgar un final anunciado en la pequeña vivienda de Santo Tomé, una ciudad fronteriza de Corrientes. El vaho, la tierra colorada, la llovizna espesan la memoria. “El pintor no lijó bien la pared –dicen sobre la aparición de esos fogonazos–. La cocina estaba toda incendiada. Y había ropa tirada que mamá se fue quitando mientras se prendía fuego”, cuentan, explican, suponen, la lloran. En toda la casa hay fotos de ella. Y en todas sonríe; incluso en esa, donde se le ve un pómulo amarillento. Sus hijas prefieren recordarla así porque son instantes, acaso ínfimos, de felicidad. Mariana, de 17, elige no hablar del tema. Y se va. La más chica, Araceli, de 14, interviene: “Ellos vivían juntos. Mal, pero vivían”. Ellos son sus padres. Hacía un tiempo que estaban separados y él vivía con otra mujer. Pero siempre volvía y se ponía violento.

Adriana Inés murió el 9 de septiembre de 2014. El sábado anterior, a la noche, Carlos Ponce fue a la casa. Con una excusa, logró que la única de las chicas que se estaba ahí, Camila, de 14, se fuera. Entonces, consta en la Justicia, roció a la mujer con combustible, la prendió fuego y trabó la puerta para evitar que saliera. “Yo no quería dejarla sola porque la estaba golpeando, pero él me obligó. Y desde la esquina la escuché gritar: ‘¡Camila, Camila. Me quemó!’”. Y Camila corrió hasta la casa y vio lo que nunca podrá ser un recuerdo. “Se le caía la piel”, murmura secándose las lágrimas con el puño del buzo. No sólo la perturba lo que vio. También, que su padre la hubiera mandado a comprar el combustible –que trajo en una botella de gaseosa– y un encendedor.

Ese día, su hermana mayor no estaba en la ciudad: “Recibí un llamado: ‘¡Ayudame Adri, ayudame!’, gritaba mamá por el teléfono. Fue la última vez que la escuché”. Baja la mirada. Más allá, asoma la heladera que tiene la puerta del congelador pintada con color flúo para tapar las huellas del incendio.

Adriana Inés tenía 32 años cuando falleció después de agonizar tres días en el hospital San Juan Bautista, de Santo Tomé. Algunos testigos aseguran que, en ese momento, el lugar se llenó de un olor envolvente a carne quemada que perduró. La conmoción que causó su muerte movilizó a la ciudad: se hicieron marchas para pedir Justicia encabezadas por las hijas de la mujer. La intendencia y los vecinos las ayudaron a reconstruir la casa, de la cual no se quieren ir.
“Ponce.” Ya no papá; así lo mencionan. “Mamá vivió encerrada desde los 14 años, cuando se fue con él. Y pensó que eso era tener un marido: que le pegara, que la maltratara”, reflexiona la más chica. “Afuera era un hombre rebueno con la gente para la que trabajaba, y acá adentro era todo lo contrario.”

Roger Sureda, el abogado que representa a las hermanas, asegura que la mujer había hecho doce denuncias contra su marido. “Constan sólo tres. ¿Qué importa cuántas fueron? Los trámites deberían ser más fáciles y habría que trabajar en la prevención de estos casos”, sostiene. Una de esas denuncias fue en julio del año pasado, hecha el día en que la Selección Argentina jugó contra Holanda en el Mundial de Brasil. Esa tarde, Ponce golpeó y amenazó con matar a su esposa, apuntándole con un espadín corto en el cuello. Nadie previno hasta dónde llegarían las amenazas, ni los golpes reiterados, ni las veces que sus hijas forcejearon con él para evitar que la ahorcara o asfixiara. Así, la espiral se repetía: después de los golpes, él pedía perdón, lloraba, imploraba y Adriana Inés volvía a creer. Sólo cuando el hombre no estaba, en la casa había risas, música, hasta se animaban a ir a la plaza. “No tenemos la vida que teníamos con mamá, pero estamos bien –resume Adriana, que tiene la tutela de sus hermanas–. Sin ella, en la casa falta vida. Aunque nunca hubo alegría acá…”

Las dos mayores estudian y trabajan cuidando chicos y como empleadas domésticas. Sueñan con tener una profesión. Entrar a la Gendarmería, por ejemplo, algo corriente en ciudades de frontera. Adriana fantasea con irse. Las otras no: al fin, ahí está la tumba de su mamá. “No podría irme lejos”, avisa la más chica. Por las noches, los miedos persisten, los ruidos sobresaltan; la única manera de dormir es en posición fetal.
Carlos Ponce está preso y podría recibir cadena perpetua. A veces, en la ciudad corre el rumor de que podría salir en libertad y eso las aterra. Tanto como cuando al celular de Camila llegó un mensaje: “Sos mi reina malcriada. No le digas a nadie que yo te escribo”. Era su papá, desde la cárcel.

Cortar el círculo.

En la Argentina, desde 2008, hay 2.196 huérfanos a causa de femicidios, según La Casa del Encuentro, una ONG de referencia en la atención a las víctimas de la violencia machista. En 2014, 277 mujeres fueron asesinadas y unos 350 chicos quedaron sin mamá. En 9 de cada 10 casos, el asesino fue su pareja o ex pareja. Muchos habían sido denunciados más de una vez. Y los hijos vivieron toda la escalada hasta el final: son las víctimas colaterales, los sobrevivientes.

“Estas situaciones constituyen un fenómeno disruptivo para el niño y tienen un efecto traumático. Queda en una situación de orfandad porque no sólo pierde a su madre sino también a su padre en la función paterna: queda destituido por el acto mismo que realiza. Sigue siendo el progenitor biológico, pero difícilmente pueda seguir en su función simbólica”, explica Juan Eduardo Tesone, psiquiatra y psicoanalista que dirigió el Centro Enrique Pichón Riviere, de París.

Nora Leal Marchena, autora de Violencia del apego en lo social, avanza: “El tema de los chicos que viven situaciones de violencia familiar es de vital importancia. Tienen consecuencias a corto y largo plazos”. Según la especialista, aparecerán trastornos emocionales y cognitivos, problemas de aprendizaje o de conducta que pueden detectarse en la escuela de manera temprana. Los varones pueden presentar problemas con drogas, delitos o trastornos de conducta. Las nenas, en general, quedan más sometidas al deterioro de la autoestima, a la depresión o a vínculos en los que está presente el maltrato. “Caminos de identificación que pueden ser revertidos a tiempo”, apunta Leal Marchena, de la Asociación de Psiquiatras Argentinos.

Según los expertos, en el hombre violento cualquier situación que le genere frustración o lo moleste desata un ataque de ira. “Y los chicos, que circulan por la casa, están en el medio. Viven aterrados buscando la manera de defenderse o de defender a la mamá”, señala. “La mujer, en ese círculo, quizá no tenga la capacidad para resolver con tranquilidad porque no tiene cimientos estables. Se puede cortar ese círculo con la ayuda de la familia, amigos, compañeros de trabajo: necesita una red a su alrededor”, concluye la especialista.

Yamila Rubio, tenía 2 años cuando su padre mató a su madre.

Yamila Rubio, tenía 2 años cuando su padre mató a su madre.

Mi papá mató a mi mamá.

En la foto, Yamila está en brazos de Sandra, su mamá, frente a la torta con una velita. Un poco más atrás, su papá sonríe. Sandra apenas muestra una mueca. Tampoco sonríe en las fotos de su casamiento. Ella tenía 17; él, 23.

Yamila Elizabeth Rubio, aquella beba que hoy tiene 22 años, trata de construir la historia de su mamá, quien murió asesinada por su pareja cuando ella tenía 2 años. Ese puñado de secuencias y un video son lo único con lo que cuenta para reconocerla. Un registro probable del destino fatal que rondaba sin que nadie lo supiera. Sólo la abuela de Yamila presintió algo ese día, veinte años atrás, cuando Sandra le dijo que se encontraría con su ex pareja. Se habían distanciado y –supone la familia– ella quería poner fin a la relación. “¿Estás segura de ir?”, preguntó con reparos. Su otra hija, Mariela, intervino: “Mamá, ¿qué le va a hacer si es su marido?”. Sandra Beatriz Benítez salió de la casa y nunca más volvió: fue asesinada con un balazo en la nuca.

“Mi papá mató a mi mamá. Eso es parte de mí, no lo puedo cambiar, ni hacer desaparecer”, dice Yamila, que aún está acomodando las partes de su historia. “La mató dormida –agrega–. Lo leí en el expediente judicial”. Esos documentos los descubrió dentro de una caja que su abuela guardaba en el ropero. Esa revelación le trajo otras preguntas: que su mamá hubiera estado dormida, ¿significa que se habían reconciliado y pasaron la noche juntos? Nadie lo sabe.
Yamila creció llamando “mamá” a su abuela; y sus tíos Oscar y Mariela eran sus hermanos. Así construyó el núcleo familiar con el que salió a la vida. Hasta que hace poco más de un año tuvo necesidad de indagar sobre Sandra. Coincidió con que la familia tenía que sacar su cuerpo enterrado en el cementerio. El trámite le desató una crisis.

“Tuve ataques de pánico, dejé de estudiar y de trabajar. Fui a terapia y eso significó hablar de mi papá que murió hace 8 años –explica–. Pensé que con su muerte se había acabado todo, pero no fue así.” En realidad, había que unir las piezas: quién fue Sandra, qué le gustaba hacer, cómo era, qué música escuchaba, cómo había sido aquella pareja, sus padres. “Reconocerla como la persona que me trajo al mundo me costó mucho porque no tengo un recuerdo de ella. Lo empecé a asumir cuando vi el video de su cumpleaños de 15. Ahí dije: ‘Esta persona existió y fue mi mamá’. Si no, siempre hubiera sido un fantasma”, describe.

De chica visitaba a su papá preso, con sus abuelos y tíos paternos. “Para mí, era el mejor papá, el más lindo”, sonríe. Y suma: “Una vez le pregunté: ‘Si mi mamá viviera, ¿te vendría a ver?’. Me respondió que sí y me pidió que le llevara fotos de ellos dos juntos”. Yamila eligió las de un viaje a Mar del Plata: “Cuando se las di se puso contento. A mí me daba lástima él. Y además, uno no puede renegar de querer a la familia. A mi papá lo amé y odié, todo junto”.

Fue a un colegio pequeño de Monte Chingolo, partido de Lanús, donde todavía vive con su abuela-mamá. Aunque le resultaba difícil explicar por qué le decía mamá a su abuela, nunca mintió sobre su padre: “Siempre dije que estaba preso. Un día le conté a una maestra que él había matado a mi mamá”. Una razón que nadie se la dijo explícitamente pero que, de alguna manera, sabía.

Cuando el papá cumplió la condena –11 años de prisión– salió en libertad. Ya habían nacido otros dos hijos que tuvo con una nueva mujer mientras estaba en la cárcel. Para la familia de Sandra no fue una buena noticia: pidieron la restricción para que no se acercara a la casa, por temor. No obstante, Yamila lo siguió viendo. Pero hubo un momento en que la verdad, más allá de saberla, alcanzó su real significado: “Le dije que no quería verlo más, que lo que había hecho no tenía perdón”.

El álbum de fotos se completa con un paseo a Mundo Marino, donde se ve una nena feliz. Lejos de esa imagen que encuadró y puso en su habitación: recién nacida en brazos de Sandra. Por ella, dice, fue a la marcha “Ni una menos” y posteó en Facebook que su mamá había sido víctima de un femicidio.

Vanina Alderete, sobrevivió a su mamá y sus dos hermanitos asesinados por su padre.

Vanina Alderete, sobrevivió a su mamá y sus dos hermanitos asesinados por su padre.

Sin voz ni rostros.

“Ya no me acuerdo de la voz de mi mamá ni las de mis hermanitos. Ni siquiera de sus caras. Sólo por las fotos.” Vanina Alderete cumplirá 23 años en pocos días. Hace once vio cómo su padre masacraba a su mamá y a sus hermanos menores. También la intentó matar a ella. Lleva las cicatrices en su cuerpo. Se salvó por el fuerte golpe que recibió al chocar con un poste que había en la puerta de su casa cuando escapaba. Todavía con el cuchillo en la mano, José Alberto Yapura, su padre, un remisero que fue condenado a reclusión perpetua, salió a buscarla, pero la nena había quedado tirada en un lugar donde no había luz, y no la vio. Un vecino alertó al barrio Martín Miguel de Güemes, en las afueras de Salta capital. Un lugar humilde.

“Yo casi no podía respirar y lo vi en la ventana mirándome. Sentí su odio. Siempre me despreció porque soy más blanca que mis hermanitos y porque tengo los ojos claros, como la familia de mi mamá”, cuenta Vanina. Esa madrugada, los vecinos arrancaron el portón y entraron en la vivienda donde Rosana Alderete, de 35 años, había sido asesinada junto a sus hijos más chicos, Noelia Rocío y José Nahuel, de 9 y 6 años. Los tres habían sido apuñalados. Era la madrugada del 28 de agosto de 2004.

Horas antes habían ido a ensayar con su grupo de folclore. Al regresar, Vanina le pidió a su mamá que fueran a dormir a la casa de los abuelos. Tenía miedo. Los golpes y las amenazas se repetían casi a diario y la nena estaba pendiente de lo que sucedía. Pero su mamá tenía que terminar de coser unos vestidos para entregar al día siguiente. Se quedaría toda la noche trabajando. Cenaron y los tres chicos se fueron a dormir.

Un ruido, quizás un quejido ahogado, la despertó. Su padre tenía a Rosana contra el piso y la golpeaba. “Le pedí que se fuera, que ya la dejara en paz”, cuenta. Pero la tragedia se había desatado. Yapura fue a la cocina, buscó un cuchillo que tenía escondido y se abalanzó sobre ellas. Vanina se interpuso entre él y su mamá y fue herida de gravedad. Tirada en el piso de la cocina, pudo ver lo que hizo su padre. “Cuando terminó, habló con alguien por el celular. Decía: ‘Maté a mi hijo, maté a mi hijo’. Estaba tranquilo, ni siquiera lloraba”, relata. Vanina logró levantarse y salir corriendo. Se golpeó con el poste, cayó en medio de un pastizal y salvó su vida.
“Mi mamá nunca se quedó callada –aclara–. Iba a denunciarlo a la Policía, pero si no la veían golpeada le decían que no había pruebas o que ellos no estaban para prevenir.” Las cinco denuncias por maltrato y amenazas de muerte no alcanzaron para evitar la tragedia. Como una mueca falsa, dos días después del hecho llegó la orden de exclusión del hogar.

Yapura fue condenado en 2006. Y la Corte de Justicia salteña falló contra el Estado provincial, que debió indemnizar a la única sobreviviente. El abogado de la familia, Rubén Oscar Juárez, presentó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por considerar que no se cumplieron los acuerdos firmados por la Argentina en el Convenio de Belem do Pará, para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer, sea física, moral o institucional. A partir de este hecho, Salta sancionó la Ley 7.403 contra la violencia familiar que obliga a jueces y a policías a actuar sin pérdida de tiempo ante una denuncia.

“Sueño que él me ataca. Puedo pasar noches sin dormir, aunque sé que estoy bien con mis abuelos –dice–. Me costó acostumbrarme a vivir con esto. Con el tiempo, acepté que fuera así. Si bien tengo mucha familia, estoy sola porque mi mamá y mis hermanitos no están.”
La última imagen de su padre es aquella en la que él la miraba con odio desde la ventana.

Opinión de Natalia Gherardi: La punta de un iceberg

Natalia Gherardi, Abogada. Directora Ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género

Natalia Gherardi, Abogada. Directora Ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género

En las últimas décadas, la violencia sobre las mujeres empezó a estar en la agenda pública latinoamericana. Hay cierto consenso acerca de lo inaceptable de la violencia física, el síntoma más visible, pero esa es sólo la punta del iceberg. En la Argentina  todavía falta  publicar e implementar el Plan Nacional para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las mujeres, previsto en la Ley 26.485, sancionada hace siete años. Tampoco hay estadísticas oficiales que nos den la dimensión que alcanza la violencia de género en todo el país. La marcha «Ni una Menos» significó una oportunidad importante por un reclamo básico que trascendió a toda la sociedad. Y que debería obligar al Estado, a los políticos y a la comunidad a sostener la atención sobre el problema.

COMO ES EL CÍRCULO DE LA VIOLENCIA DOMÉSTICA

Alberto Linares, coordinador de la Unidad de Intervención en Victimología, del Ministerio de Justicia de la Nación

Alberto Linares, coordinador de la Unidad de Intervención en Victimología, del Ministerio de Justicia de la Nación

«El femicidio siempre está precedido de una historio de violencia doméstica. Su abordaje no termina con la sentencia judicial del violento: quedan los niños sobrevivientes», define Alberto Linares, coordinador de la Unidad de Intervención den Victimología, del Ministerio de Justicia de la Nación.

AISLAMIENTO
La primera fase es el aislamiento de las amistades, familia, trabajo.

 

VIOLENCIA SIMBÓLICA
Las agresiones empiezan con el desprecio, la burla, la desaprobación. El violento ataca las defensas y la autoestima de la mujer.

 

VIOLENCIA FÍSICA
En muchos casos aparece durante el primer embarazo o cuando nace el bebé.

 

 VIOLENCIA/ARREPENTIMIENTO
Cuando la mujer empieza a defenderse – por ejemplo, planea separarse – él la manipula con un falso arrepentimiento: llora, promete cambiar. Si ella accede, el circulo se reinicia.

 

VIOLENCIA HACIA LOS HIJOS

Llega como castigo a lo que la mujer más quiere. Puede ser un punto de inflexión para ella.

 

BÚSQUEDA DE AYUDA
Cuando ella pide ayuda, el violento se repliega. Es un momento propicio para cortar el vínculo.

 

RIESGO MÁXIMO
Cuando ella deja la casa los días posteriores son de mayor riesgo. Muchos femicidios se producen en ese tiempo. Es importante no tener ningún contacto.

 

DONDE LLAMAR
La Casa del Encuentro: 4982-2550
Consejo Nacional de la Mujer: 144
Atención a Víctimas de Violencia de Género: 0800-666-8537
Atención Víctimas de Violencia Familiar: 137
Oficina  de Violencia Doméstica: 4123-4510 al 4514